domingo, 20 de octubre de 2013

Batuque

Solo lo había visto un par de veces, al entrar al colegio, cuando Pepe todavía vivía en Quintino e Independencia.


Era un perrito pomerania muy bonito y vivaz. Cachorrón. Pepe lo traía con su coqueta correa y la Mamá lo llevaba de vuelta a casa. Lo veía despedirse con mutuas miradas de amor y felicidad. Su cola automáticamente se detenía cuando el dueño traspasaba el umbral de entrada.

En ese momento de nuestras vidas –apenas teníamos 9 años-, nuestras preocupaciones o, mejor dicho, los asuntos que convocaban nuestra atención eran pocos y sencillos. El fútbol, seguramente el más importante de todos, las figuritas (relacionadas con el mismo tema), las tareas del colegio, las series de televisión y algún par de pavadas muy puntuales que no me vienen ahora a la cabeza.

Todos teníamos alguna “marca” que nos identificaba en ese reducido esquema situacional. A mí, por ejemplo, el hecho de ser “el nuevo”, al haber ingresado al colegio en cuarto grado, es decir cuando casi todos ya se encontraban integrados. Por eso me costaba ser incluido en un equipo para jugar –era uno de los últimos en el “pan y queso”- o, ya jugando, que me pasaran la pelota. Eso fue hasta que un mediodía, en la canchita chica que daba a México, le pegué fuerte y de sobrepique a un balón que casualmente se posó frente a mí clavándose en el ángulo de un arquero tapado por al menos una veintena de jugadores y circunstantes.

También era “raro” porque no había aún tomado la Comunión. Provenía de una escuela estatal y mis padres no habían pensado en mi puntual Eucaristía seguramente por haber carecido de plata para el traje y la fiesta.

Pepe, aunque no lo llamábamos así sino por su apellido –Taladriz- poseía las tres virtudes que yo aspiraba adquirir al poco tiempo de haber ingresado al Colegio San Antonio: buen alumno, buen compañero, buen jugador de fútbol.


El altar de la Capilla San Antonio. El Santo y a su derecha, María Auxiliadora.

Recuerdo que una tarde, mejor dicho en el “Día del Padre Director” en el Colegio Don Bosco de Ramos donde nos llevaban “de paseo”, el cura que hacía las veces de técnico del equipo decidió sacarme. Con indignación, porque para mí el cambio era injusto, me puse a llorar de bronca y desconsoladamente. Una verdadera mariconada. Todos se largaron a reír e incluso el técnico –enojado- intentaba sacarme del campo de juego “por las malas”. Nadie comprendía el sacrificio que había significado para mí estar en ese equipo y las ilusiones que se desvanecían con mi salida. El único que se me acercó fue Taladriz quien se quitó su camiseta para dármela. Fue un gesto que nunca olvidé y guardé en mi propio arcón de los recuerdos. Confieso que hasta hoy lo oculté por temor a revelar una debilidad de mi parte que pusiera en tela de juicio mi hombría y vergüenza.

El caso es que esta pequeña anécdota revela quién era Taladriz. Sus dotes de alumno distinguido, buen insider derecho y compañero que en aquél momento yo intentaba emular, eran conductas que solamente se hacían visibles en ese acotado plano de nuestro entendimiento (colegio, fútbol) mientras en realidad lo que se plasmaba era algo mucho mas valioso: era una buena persona.

Decía antes que todos teníamos nuestra “marca”. El Colegio San Antonio, con su Oratorio y Capilla de la congregación salesiana fue fundado por el R.P. Lorenzo Massa con el propósito de permitir a su otra noble Institución por él fundada –el Club Atlético San Lorenzo de Almagro- participar de los torneos de fútbol contra otros equipos escolares. De allí que de 50 alumnos del grado por lo menos 35 éramos de San Lorenzo.

En otra ocasión contaré como llegué al San Antonio. En eso tuvo que ver mi fanatismo por el Ciclón.

Había chicos de River, Boca e Independiente, alguno de Racing. De los equipos “chicos” como Vélez, Ferro o Atlanta no había nadie. Tampoco quien fuera de otros cuadros provincianos como Estudiantes, Newell’s o Colón. Pero sí había un solo hincha de Huracán y ese era Pepe Taladriz.

Otra de las cosas que puedo decir de este compañero tiene que ver con un accidente que sufrió en el colegio y que, de alguna manera nos marcó a todos. El San Antonio abarca buena parte de la manzana delimitada por las calles México, Treinta y Tres, Independencia y Quintino Bocayuva. Si bien el ingreso era por México 4050, en los fondos, sobre la Av. Independencia contaba con un enorme Cine Teatro junto a la “cancha grande”, con piso de cemento. Para separar a este campo de juego, casi de dimensiones reglamentarias, los curas habían instalado unas rejas que habían pertenecido a la Penitenciaria Nacional –hoy Parque Las Heras-, ese siniestro lugar donde fueran fusilados Severino Di Giovanni y Juan José Valle, entre otros.


La canchita del Colegio San Antonio. Vista del arco de la Av. Independencia.

Cómo habrán llegado esos barrotes carcelarios al colegio es una incógnita que paulatinamente va sepultándose en el pozo del olvido. Recién con la madurez y el conocimiento de la historia pude concienciarme sobre lo que esas rejas significaban. Ejercían sobre nosotros cierta fascinación al treparnos o percibir cómo devolvía con errática trayectoria el rebote de un fuerte pelotazo. Sin embargo, en realidad estaban manchadas de sangre y teñidas con el sufrimiento de muchos compatriotas injustamente detenidos.

Me fui por las ramas otra vez. Y me entristece pensar en los centenares de chicos que como yo se apoyaron en ellas sin conocer el triste secreto que encierran, valga la semántica paradoja.

Pero vuelvo a Taladriz y su accidente.

Como ya creo que expliqué en otro cuento, los alumnos del San Antonio podíamos ser “externos” o “medio pupilos”. Estos últimos, como nuestro protagonista, almorzaban en el colegio. Cuando terminaban los pibes de comer y los externos volvíamos para afrontar el horario vespertino, empezaba el “recreo largo” en el que tenía lugar un partido de fútbol.


Padre Lorenzo Massa, fundador del Colegio San Antonio y San Lorenzo de Almagro.

Nuestro Maestro Frías dividía sus cursos en dos grupos. Atenas y Esparta, Roma y Cartago, etc. Los alumnos de uno u otro grupo sumábamos puntos en pruebas, tareas para el hogar o simples preguntas bien contestadas en clase. Todos los meses había un ganador y quien más triunfaba a lo largo del año era declarado “campeón”. Uno de los puntos que también contaban era el resultado del partido del recreo grande.

Yo comía apurado para estar en el inicio del macht y algunos pibes, como Taladriz, hacían lo propio en el comedor del colegio. La espera cesaba cuando el Cura Cánepa venía de la secretaría con la pelota Nº 5 de felpa gris, especial para piso de cemento y con un fuerte pelotazo de esos que solían llamarse “a la marchanta”, dábase por inaugurado el partido. Una vez, recuerdo que le pegó tan fuerte que la pelota se colgó en el techo del cine y ese día no hubo fútbol.

La tarde del accidente estábamos esperando la hora del partido. Algunos, jugando a las figuritas. Otros trepados a las rejas. El “arco que da al Colegio”, en contraposición al que deba “a la Av. Independencia”, parafraseando el relato del Gordo Muñoz o Bernardino Veiga, tenía como fondo a aquéllas rejas pintadas de azul francia.

Fleitas, un misionero que vivía en Lanús (es decir más lejos que nadie) y era hincha de Boca, mucho más alto y desarrollado que cualquiera de nosotros, se arrojaba desde las rejas como Tarzán, aunque su estampa autóctona nos hacía evocar a otra especie cuya mención no puedo aquí repetir sin transgredir un deber jurídico impuesto por la ley 23592. Este pibe se arrojaba desde la reja al travesaño del arco –de dimensiones similares a uno profesional-, quedaba colgado, se soltaba y volvía a ensayar su proeza una y otra vez desafiando a cualquiera de nosotros, suponiéndonos incapaces de hacerlo.

Yo lo miraba con asombro. El Negro –porque así le decíamos impermeables a cualquier prejuicio discriminatorio- saltaba casi tres metros y a una altura de un poco más de dos, asiéndose firmemente con ambas manos como si se tratara de uno de los habitantes del Planeta de los Simios (película con Charlton Heston que casualmente habían exhibido pocos días antes en el Cine del Colegio).

Obviamente, rehusé el desafío. Haurigot, un chico petisito y muy liero, se tiró y elásticamente rebotó en el piso desatando la risa de todos. Alberti, un pibe que no se metía con nadie ya que poseía sus propios y graves problemas, nos llamaba a la reflexión, sugiriéndonos no aceptar el reto:

-         No se tiren… ¿No ven que Fleitas es un mono misionero recién llegado de la jungla?

Después de la caída de Haurigot, Fleitas dobló la apuesta.

-         ¡Me tiro y me subo al travesaño! –dijo-.
-         Pará, pará –terció Taladriz mientras se aprestaba a ensayar la prueba.

Nadie dijo nada. Yo iluso, pensé: si alguien puede lograrlo es Taladriz.


El arco del accidente. Allí me colgué como no pudo Taladriz. Atrás, las tenebrosas rejas de la Penitenciaria.

Sin embargo, su impulso sobrehumano no alcanzó. Aun recuerdo sus ojos al volar, iluminados por un fuego olímpico, con la mirada que se tiene cuando se está por ejecutar el penal que nos dará la victoria en tiempo de dscuento.

Nadie, ni siquiera Alberti, pudo impedir que Taladriz volara con el propósito de asirse a ese travesaño testigo de innumerables pelotazos que cegaban la gloria de un gol. Así fue como las yemas de los dedos de ambas manos apenas lo rozaron y la trayectoria de su cuerpo se convirtió en un largo vuelo justo en el centro del arco, una especie de “gol al revés” que terminó en el piso sin que nuestro Ícaro huracanense pudiese amortiguar la vehemencia de su impulso interrrumpida por el frío pavimento que lo acogiera.

Cara de dolor sordo, parecida a la de Michael Corleone con su hija muerta en brazos de El Padrino III, porque ni gritó ni lloró; sólo atinaba a decir que no sentía su brazo izquierdo que intentaba asir, como si lo sintiere a punto de cortársele. Venciendo una fobia que había adquirido en segundo grado, cuando una nena estalló sus anteojos en un recreo y la sangre que brotaba a chorros de sus arcos superciliares aún tengo grabada en mi memoria, me acerqué al amigo caído constato que su brazo no se encontraba en el lugar donde naturalmente debía estar.

Algunos, haciendo gala de un salvajismo propio de la edad lo instaban a levantarse:

-         Dale, dale, no seas maricón –decían y uno de ellos era el ileso Haurigot-.

Nuevamente fue Alberti quien actuó con cordura.

-         ¡No lo toquen! Está fracturado.

Al escuchar esto, Taladriz frunció su ceño, más por preocupación que de dolor y trágicamente preguntaba al colectivo que comenzaba a concitarse:

-         ¿Tengo el brazo, lo tengo?

Mutafian, un compañero al que solo le faltaba el turbante y la túnica para representar a un auténtico beduino, con la serenidad que evocaba su desértica apariencia intentó tranquilizarlo:

-         Quedáte tranquilo que el brazo lo tenés.

Luego todo adquirió una dinámica que, para los más atentos, valió más que mil clases de lenguaje, geografía o matemáticas. El único que atinó a hacer algo fue nuestro Maestro Frías, quien desafiando alguna ilógica recomendación que decía que había que esperar que a Taladriz lo vinieran a buscar sus padres, tomó al accidentado y llevándolo en sus brazos lo puso en un taxi y lo llevó al Ramos Mejía.


Frías lo llevó al Ramos Mejía. Un tipazo nuestro Maestro!

Nosotros nos quedamos sin fútbol ni clases, pero el arrojo de nuestro maestro –que sólo tenía 19 años- jugándose por un alumno y poniendo en riesgo su fuente de trabajo, nunca lo olvidaremos.

Al día siguiente Frías nos explicó lo que había hecho, disculpándose por habernos dejado sin clases. Yo sabía que había actuado correctamente porque Mamá –maestra al fin- lo había elogiado:

-         ¡Ese muchacho es oro en polvo!

Pero además, como la fractura que había sufrido nuestro amigo era jodidísima y no podía volver al Colegio por el resto del año, el Maestro le llevaba a la casa la tarea, se la corregía e impartía clases los días sábados, para que no perdiera el año. Además, y durante la tarde, había organizado visitas de 4 ó 5 compañeros a la casa de Pepe, a la que íbamos en taxi, ya que se había mudado a Flores, con el Maestro Frías.

En una de esas visitas, con Taladriz en la cama con torso y brazo enyesados, se me ocurrió preguntarle…

-         Che ¿y el perrito que tenías?
-         No lo tengo más.

Su réplica, con cara de tristeza y decepción cerró un diálogo que volvió a reinstalarse muchísimos años después.

Pasó el tiempo y los senderos de la vida que se nos abrieron lograron separarnos. Pepe siguió su secundario en San Francisco de Sales y yo en el Pío IX, ambos colegios salesianos y enfrentados por esquina en diagonal en la encrucijada de Hipólito Yrigoyen y Yapeyú. Estábamos tan cerca y, sin embargo no nos volvimos a ver.

Mi vida como la de todos los adolescentes de esa y cualquier época fue adquiriendo nuevas responsabilidades que no solo pasaban por el estudio. A partir del año 73 me interesé mucho por la política y al año siguiente nos mudamos a Haedo Norte.

Quedó atrás la inocencia de los años del San Antonio. Aquellos compañeros se fueron perdiendo en el olvido. Nuevas amistades, un colegio secundario distinto, los noviazgos y sobre todo la militancia se transformaron en motores de mi existencia.

Uno de los compañeros más valiosos que recuerdo en aquellos años difíciles se llamaba Milo y pronto verán por qué me detengo tanto en su recuerdo. Era uno de los organizadores de la Juventud en el conurbano bonaerense y nos veíamos muy seguido en las reuniones del ámbito a las que concurría en mi carácter de “simpa” de la Columna Oeste.

A mediados del 74, cuando estábamos armando una actividad, nuestra amistad se hizo más estrecha ya que Milo era además hincha de San Lorenzo. Lo vimos campeón del Nacional del 74 en una cancha de Vélez que todavía no había sido remodelada por los milicos y con la plata de todos. Emilio, porque así se llamaba Milo, también era salesiano. Estudiaba en Santa Catalina y vivía en Llavallol.


El Viejo Gasómetro, templo del fútbol argentino.


El compañerismo que profesábamos se fue articulando a partir de esas dos pasiones irrefrenables de nuestro Pueblo: el fútbol y la política. Pero en ambas locaciones poseíamos sólo desazones. San Lorenzo comenzaba una etapa de declinación que terminaría con la pérdida de su estadio en 1979 y el descenso de 1981. Y las ideas que nos concitaban se convirtieron desde el año 75 en el blanco favorito de las bandas de ultraderecha como la triple A, la JSP, el C. de O., la JPRA y la CNU entre tantos criminales a sueldo precursores del terrorismo de Estado.

Varias veces fui a Llavallol a visitarlo a Milo. La casita en la que vivía con sus padres, muy humilde pero bien construida, servía para sustentar en mi imaginación un mundo social al que aspiraba en el conglomerado de ensoñaciones juveniles. Un mundo de trabajadores, desprovistos de la cultura consumista que se propalaba a partir de la televisión, instruidos en la lectura, que valían por lo que eran más que por lo que tenían y que se realizaban a partir del trabajo asalariado, en su barrio como lugar de pertenencia.

¡Cómo no iba a ser hermosa aquélla casita de Llavallol si el padre de Milo era obrero de la construcción! Tenía un perrito muy simpático, de esos que cuando te miran parece que te están sonriendo. La mamá le había tejido una polera de San Lorenzo para los días de frío.



Entretanto y ya en 1976 comencé mi carrera de abogacía en la UBA. Cursábamos a la mañana, porque ese era el horario que más oferta tenía seguramente con el propósito que tenían los dictadores que solo estudiaran aquellos que no tenían el deber de trabajar y yo, sin laburo, me dedicaba al estudio a full. Todos los viernes dejaba la facultad medio apurado porque tenía una novia en Ballester que salía del colegio Hernández a las 17 hs. Con el propósito de tomar lo antes posible el Suárez, enfilo para la puerta de alumnos y en una de esas un estudiante con el dedo índice oscilante y entrecerrando su ojo derecho me dice:

-         ¿Vos sos Segura?
-         Siiii… ¡Taladriz!

Pero no fue ese reencuentro casual el que volvería a enlazar nuestras vidas y recuerdos luego de tantos años. En el 77 había entrado a los Tribunales del Trabajo y un día, en el viejo y querido edificio de Talcahuano 490 –construido al efecto durante el primer gobierno de Perón para el nuevo fuero- me lo encuentro nuevamente. ¡Trabajaba en un Juzgado laboral!

Fue entonces la fuerza del destino la que se empeñó en afianzar la unión de nuestras vidas, luego –incluso- como colegas abogados laboralistas. Pero la casualidad final vendría con la evocación que hice, casi tangencialmente, cuando me referí a Milo.

Con él nos encontrábamos siempre en el Viejo Gasómetro, a la izquierda de la hinchada sobre el mismo codo que solía llevarme Papá de pibe, cuando no pudo seguir pagando su platea en la Bodas de Oro. Nos veíamos como si fuéramos sólo lo que éramos: dos hinchas del Ciclón, sin que nadie sospechara allí de nuestra condición de supuestos “enemigos del Ser Nacional”. Así, por seguridad nuestra y de los compañeros nos encontrábamos con Milo sin mencionar nada de una militancia que mutuamente dábamos por vigente. Y un día no vino más. Fue a partir de un partido con Independiente que, para peor, perdimos de modo inapelable. Nunca más lo vi.

Pasaron aquellos años, Taladriz y yo fuimos ascendiendo en nuestra carrera judicial y con la declinación de la dictadura renació en la superficie la actividad política, aflojándose los insoportables controles a la vida ciudadana, aunque quienes habíamos tenido una mayor participación en la resistencia, ese temor de caer en manos de los dictadores nunca se disipó.

Así fue que un día junté coraje y volví a Llavallol. Habrá sido a principios del año 84, a la casita de Milo. Me atendió la mamá, que me recordaba como todo aquello que se vinculara con su único hijo.

-         Hola Señora, soy el Cuervo, amigo de Milo, de Luzuriaga-. En realidad vivía en Haedo pero me gustaba que era de Villa Luzuriaga, de esas calles queridas de Matanza.

El barrio de Llavallol estaba mas gris, mas triste, más sucio, como si asemejándose a una persona, se hubiera borrado de su semblante aquella sonrisa que recordaba haberla vista la última vez que entré en esa casa en 1974. La casita de Milo, erigida por obra y oficio de su papá, lucía despintada, con algunas tejas despegadas, el pasto crecido. Pero lo más desolador fue el rostro de esa madre dolorosa que confirmó algo que yo íntimamente suponía como probable.

-         Milo desapareció. Se lo llevó una patota militar en 1978 antes del Mundial.

Me hizo entrar a su doliente intimidad, plagada de recuerdos.

-         ¿Querés pasar a su cuarto? Está la camiseta de los Matadores…

Yo estaba invadido por el silencio y esa irritación que uno sufre en sus ojos cuando no puede resistirse el llanto. Estaban además las insignias que delataban pasión futbolísitca, las cosas de vivir que poseía cualquier pibe suburbano en los 70. Discos de Vox Dei, Manal, Pappo y Sui Generis. El payaso con su sopapa en la cabeza, primer álbum de Almendra. Dos scalextrics. Unas zapatillas Flecha y la Nº 5 con gajos azul y granates. Por momentos me sentí un intruso, en esa habitación detenida en el tiempo que se asemejaba mucho a mi cuarto del Barrio Envión de Haedo. Pero lo que más me incomodaba era la imposibilidad de encontrar algo que decirle a esa madre que no tenía siquiera el consuelo de saber dónde estaba su hijo, vivo o muerto.


Símbolo de nuestra generación.


Me refugié emocionalmente en mi profesión, proporcionándole datos sobre a quien acudir para la búsqueda de Milo, con el propósito de que apareciera con vida –en ese momento muchos familiares todavía guardaban la esperanza- y se castigara a los culpables. Encontábamos en esas disquisiciones cuando mi vista se desvió involuntariamente al aparador que, sito en el comedor, alojaba un único portarretratos con la imagen del amigo desaparecido. Era Milo en el fondo de su casa junto al mismo jazmín que hoy veo plagado de insectos y con sus flores marchitas, tomando del cuello a su inseparable amigo, el perrito que ríe.

-         ¿Cómo se llamaba el pichicho Señora?
-         Batuque.


-         Batuque se llamaba y era mi mejor compañero.

Su rostro, o mejor dicho la silueta de su cabeza recortada por el resplandor del ventanal de La Giralda atrajo toda mi atención. Supongo que al advertir mi estupor al pronunciar el nombre “Batuque” tiñó de emotividad el relato que se volvió minucioso y acompasado.


La Giralda, refugio de todos mis mediodías.

-         Te cuento esto porque sos mi amigo y no sé que sensación me atrajo al pasado que siento la necesidad de contarte esto que siempre guardé dentro mío.
-         Dále, seguí tranquilo.
-         Mi Viejo era un tipo duro. Recto, poco proclive a que se le notaran sus sentimientos, como eran nuestros padres. El había sufrido de chico mucho porque quedó huérfano a los ocho años. Nos crió a mi y a mis hermanas con esa convicción, llena de valores pero con dureza. Un día, a mi Mamá que era maestra…
-         ¿Maestra? –lo interrumpí con emoción-. No digas, como la mía.
-         Un  alumno le regaló un perrito. Un cachorro que cuando lo trajo a casa era como un pompón de pelo. Fue mi compañero de juegos. Cuando iba para el colegio me despedía de él y al llegar movía la cola… Me hacía una fiesta bárbara.
-         ¡Sí, lo recuerdo! Alguna vez lo vi  en el colegio cuando te traía tu Mamá.
-         Y resulta que al nacer mi hermanita menor, que le llevo unos años, el perro que antes era el bebe de la casa fue inconscientemente desplazado. Todos, mis viejos y mi otra hermana lo fueron dejando de lado. Todos, menos yo.
-         Suele pasar. Es la historia de “La Dama y el Vagabundo”…

Parecía no escucharme. Seguía su relato con obstinación, mirándome fijamente como si estuviera quitándose un gran peso de encima.

-         Hasta que un día y no sé cómo, el perro le gruñó y le mostró los dientes a mi hermanita. Mamá se asustó y mi Viejo cuando se enteró tomó una drástica determinación.

Sus ojos se entrecerraban como si estuviera buscando imágenes perdidas en la profundidad del dolor.

-         ¡Qué pasó! –dije, suponiendo lo peor. La revelación significaba la contestación a aquélla pregunta que formulé en 1968 cuando guardaba reposo-.
-         Mi viejo dijo “el perro tiene que irse”. No podía permanecer en casa, ante la posibilidad de que atacara a la beba. Fue así como sin consultar a nadie se lo regaló a un albañil que estaba en casa haciendo unos arreglos.
-         ¿Y vos qué hiciste? Al fin y al cabo era tu perro…

Tener un perro es algo fundamental en la vida de cualquiera. Y si bien es cierto que es un animal pródigo de cariño –le sobra para propios y extraños- siempre tiene predilección por uno de la casa, a quien reconoce como dueño. Resulta difícil comprender cómo ese vínculo puede llegar a quebrarse por la decisión de un tercero. Pero en aquél entonces los niños no decidíamos nada, siempre sometidos a los designios de nuestros mayores.

-         Fue terrible e inolvidable. Con Mamá y mis hermanas, Papá nos llevó muy lejos, a la casa del albañil llevándole el perro, mi perro. Durante todo el viaje fue infructuosa mi súplica… ¡Quería conservar a mi perro!
-         ¿Por qué esa crueldad? –quise componer buscando un consuelo manifiestamente extemporáneo-.
-         Supongo que Papá quería darnos una lección sobre lo que es sufrir la pérdida de un ser querido. Batuque quedó atado a un árbol y esa es la última imagen que de él conservo. Ladrando sin comprender cómo nos alejábamos de él.

Se produjo un silencio en el relato. Imaginé lo que significaba para mí la pérdida de una mascota. Ver envejecer y morir a un ser que llega a despertar en nosotros un amor inexplicable. Pensé “eso ya es insoportable, cuando peor será ver como somos separados del ser querido sin tener la certeza de que si en algún momento lo volveremos a ver”.

-         ¿Y no volviste a verlo? ¿Supiste que fue de él?
-         Volvimos en el auto, un largo recorrido, y no pude dejar de llorar. Mamá buscaba alguna explicación a lo sucedido y sólo encontraba una monolítica respuesta de mi padre: “Yo perdí a mi madre siendo muy niño… es bueno que aprendan a sufrir…” Nunca olvidé a Batuque. Siempre lo recordaré como el mejor amigo de mi niñez.

Sus ojos que oscilaban leve pero rápidamente sin dejar de verme mientras el ceño de su frente apretaba una angustia muy guardada que afloró a partir de nuestra charla. Supuse que en ese momento confluían en mi interlocutor sentimientos encontrados, pero lo que enrojecía la mirada del querido Pepe era no saber qué había sido de la vida de su Batuque.

-         Mirá Alejandro. Yo estoy seguro que esa tarde, si al perro lo desataban, se venía corriendo tras nuestro auto desde Llavallol.


Don Bosco orienta nuestras acciones.

miércoles, 18 de julio de 2012

Los autos de mi niñez (álbum de fotos).

Hoy mismo comprobé como fluyen los recuerdos de mi pasado berreta. Veníamos al centro con Alexis, mi yerno, hablando de autos, de la gran cantidad de modelos que hoy existen, nacionales e importados; de alta, media y baja gama; incluso de los cambios radicales que sufren los autos de un mismo modelo, etc., cuando naturalmente brotó de mis labios una expresión decadente: 


-  Cuando yo era pibe no había tantos autos como ahora.
- ¿Ah no?
- Casi casi podría enumerarlos con los dedos de estas dos manos –dije entusiasmado por el interés que había despertado en mi interlocutor, amante de los fierros-.

En realidad, a poco de comenzar la enumeración terminal por terminal, constaté que efectivamente eran muchos más que 10 los autos de mi niñez y que Alexis no conocía muchos de ellos presentándoseme una robusta dificultad para describírselos.


- Citroën tenía dos modelos, el 2 CV que no tenía la ventanita de atrás y el 3 CV. ¡Ah! También estaba la citroneta.
- Y el Mehari vino después –acotó Alexis que obviamente conoce de Citroën por ser el Papá especialista y referente de la marca en San Fernando-.
- Si, creo que se empezó a fabricar a principios de la década del setenta –referencia que lo excluye “de mi infancia”-.

Alexis tiene un Mehari azul armado por el padre original-original y ello demuestra el interés con que seguía mi enumeración.


- Después estaba el Bergantín de IKA.
- Ése no lo conozco.
- Era medio parecido al Borgward, el Isabella –y allí se perdió-.

- No. Seguramente alguna vez lo viste...

El recorrido se fue agotando entre marca y marca.


-  La Chrysler-Fevre tenía su planta en San Justo, donde ahora está la Universidad de La Matanza. Allí se fabricaban los Valiant y las camionetas Dodge.
- ¿Y ése que está ahí? Seguro es de la época –preguntó señalando a un Fiat 600 furgón todo destartalado que yace en la esquina de Rivera y Av. Cramer-.
- Hubo pocos de ésos ¡Qué lástima! ¡Cómo está!

Y el fin de mi aventón despertó la revista de modelos que Alexis no conocía o no recordaba habiéndolos visto como la Baqueano, el Utilitario de IKA, el Jeep carrozado o con media caja de IKA, el Kaiser Carabela, el Valiant II, el DKW de dos puertas, la furgoneta de Auto Unión, etc.

Y allí mismo, en Rivera y Ciudad de la Paz, antes de bajarme encontré la solución para concluir la conversación de un modo altamente positivo.


¿Sabés lo que voy a hacer? Voy a armar un álbum de fotos sacadas de Internet para que veas cuáles eran los “autos de antes”.
-  ¡Bárbaro!

Y el azote de frío de esa mañana de junio me devolvió a la realidad, a mis dos escritos de dos primeras horas y a la rutina.

Un álbum de fotos de los “autos de antes”. En realidad es “mi antes”, con la relatividad que ese concepto tiene para ser entendido.

Y así fue, mis amigos, que  al ser “mi antes” el mar donde navegan mis recuerdos... nuevamente me sumergí en el tiempo de cuando era berreta.

No pude pues dejar de evocar cada auto con alguna anécdota que se refiere en ese tiempo pretérito. Por eso, el álbum de fotos que le prometí a Alexis está plagado de referencias a ese entrañable pasado barrial que poco a poco voy reconstruyendo en estos cuentos.

Mentalmente comencé a sistematizar las marcas.


¡Qué lo tiró! Ni en esto puedo abstraerme de la metodología –pensé contrariado, porque aun no terminé el trabajo que tengo en mente de Marradi para la Maestría-.

Luego, acoté mi campo de estudio. Autos nacionales desde 1958 a 1967, año en que surge el Torino y cambia todo.

Paso siguiente, ir terminal por terminal, primero las que no existen más –como NSU, Isard, De Carlo, DKW, Borgward, etc.- ya que son más raros y desconocidos para la mayoría de los pibes de ahora como Alexis, y luego las fábricas consabidas como Ford, Renault, Peugeot, Citroën, Grl. Motors, etc.

Ya sentado en el subte (y calentito porque en Olleros recién se llenó), hice mentalmente un listado provisorio y conté más de 50 autos. ¡No era cierto lo que había postulado un ratito antes! Contando los autos viejos, como el De Soto 36 de Tío Agui, el Ford Mércury 51 dos puertas de Mario De Llano nuestro vecino, el Forcito 35 de Tío Alberto, o la gran cantidad de máquinas de los 30, 40 y 50, alguno de ellos con volante a la derecha que eran no pocos, cuando yo era pibe había muchísimos modelos en Buenos Aires.

Pero esa imprecisión no me amilanó. Voy a hacer nomás el álbum de fotos para Alexis y en cada foto un pequeño recuerdo berreta.


1) Autoar Argentina: NSU Prinz 30 y NSU Prinz Sport.


Fue el primer auto que compró Papá al Tarta D’Amilano. Este modelo 1960 es de mi propiedad y estoy junto a mi queridísimo primo Norber.


2) Isard Argentina: Isard 700, Isard 700 familiar e Isard 300.


Un Isard 300 como éste tenía un vecino de Juan A. García casi llegando a Helguera. Creo que tenía motor de dos tiempos, porque cada vez que lo encendían, hacía un ruido infernal y llenaba la cuadra de humo. Mi abuelo –el Tata- cada vez que pasaba junto a él lo escupía de bronca.



3) De Carlo: De Carlo 700, De Carlo 700 Coupé BMW, De Carlo 600 Ratón.



Cacho Moretti del Pasaje El Peregrino, tenía una blanca con tapizado de cuero, volante y palanca de cambios con la insignia “BMW” y un tablero de avión con brújula y todo. Un día fuimos desde Villa Santa Rita al sur a ver un Lanús-San Lorenzo con Don Pablo (el papá de Cacho), mi Papá y yo que viajábamos atrás en un lugar que estaba diseñado sólo para llevar bolsos. Estábamos peor que sardinas. Perdimos y encima nos cagaron a piedrazos. 30 años después me lo encontré a Cacho cuando él era secretario gremial de un sindicato y yo el abogado. Cuando nos vimos me mostró la foto de la cupé. La llevaba en el portadocumentos, como a un ser querido.



4) Heinkel.



Más conocido como “el ratón”. Había uno estacionado en Agrelo y Treinta y Tres y de abajo, entre el empedrado, le crecía un pasto alto del tiempo que estaba allí sin movérselo. Papá siempre decía que era preferible y más seguro viajar en el 84 o en una motoneta antes que subirse a un ratón.



5) Taunus.



No confundir con el Ford Taunus de los años setenta y ochenta. En uno de esos se mató Alberto Pace viniendo de Mar del Plata. Era concuñado de mi Tío Gerardo, maestro mayor de obras y constructor del edificio donde vivían mis tíos (calle Campos Salles y 3 de febrero, en Nuñez). Para nosotros, berretas, un tipo de guita. Recuerdo el momento cuando se recibió la noticia. Estábamos en la casa de la Tía Aída y lo que para nosotros era una fiesta se detuvo. “Se mató Alberto Pace” dijo alguien, y nuestros juegos quedaron truncos.



6) Borgward Argentina: Borgward Isabella, Borgward Furgón.<



Autazo de dos puertas y había un descapotable también. En uno de ellos bajaba Pupé una o dos veces por semana a la tarde cuando la traían del centro, supuestamente de la Academia Pitman. Mi abuela nunca lo creyó...



7) DKW – Auto Unión: Auto Unión Sedán 4 puertas, Auto Unión Sedán 2 puertas, Auto Unión Sport, Furgón.



Este auto tenía una característica. Funcionaba con mezcla, como una moto. Había que agregarle aceite al tanque de nafta. Por eso hacía un ruido muy característico –ratatatá- y el humo tenía un aroma especial. En el garaje de Don Neif guardaban uno. ¡Quién iba a decir que 40 años después tener un Audi –porque Auto Unión es Audi- iba a otorgar estatus! ¡Si cualquier berreta tenía un DKW! Una cosa más que me olvidaba. En un Auto Unión Sport se mató el gran Julio Sosa enfrente de Rond Point, al pegarse con un “quesito” (para saber qué es un “quesito” hay que haber sido muy berreta).




Ahora vamos a pasar a las fábricas que no cerraron luego de la caída del Presidente Frondizi.


8) a 15) IKA Renault: Kaiser Carabela, Jeep IKA, Jeep IKA Carrozado, Jeep IKA con caja, Estanciera, Utilitario, Baqueano, Bergantín, Renault Dauphine, Renault Gordini, Renault 4L, Renault 4F, Ramber Classic, Rambler Classic Rural, Rambler Classic “Boca de Pescado”, Rambler Classic “Boca de Pescado” Rural, Gladiator.



Voy a empezar por el más lujoso. El Kaiser Carabela. Uno de los muchachos de Haedo, que paraba en el taller de Julio tenía uno. Cierta vez propuso hacer una vaca para la nafta e ir un fin de semana a Mar del Plata. Nos salía menos ir en avión.





Juan, el tío de mis primos pero por la otra familia, tenía un Gordini color beige con vivos blancos. Lo trataba como una señorita. Siempre impecable, todavía los asientos tenían su forro de plástico que venía de fábrica. Manejaba a 50 kms. por hora en las rectas plenas de la Av. Rivadavia. Creo que si veníamos de Haedo con el Tío Juan tardábamos más que con el 136 hasta Caballito con trasbordo al 5 y todo. El caso es que este Juan tenía un hijo ingeniero –Juancito- que se había ido a vivir a EE.UU. Allá formó una pareja con varios hijos. El más grande (no recuerdo el nombre porque le decíamos “el yanki”), como cualquier pibe de su edad que viviera en L.A. a fines de los sesenta, tuvo problemas con las drogas. Y el padre, para preservarlo, lo mandó con los abuelos a Buenos Aires. Lo primero que hizo, cuando le pidió el Gordini al abuelo, fue ponérselo de sombrero en el Rosedal de Palermo.





Renault 4L. Popularmente conocido como “la renoleta”. Me he referido a una que tuve en el cuento “Rosbel de los Llanos”.





La Estanciera era un vehículo maravilloso. Rural. Ideal para ser utilizado en esos picnic soñados que solían armarse en los bosques de Ezeiza, el Parque Pereyra Iraola o a orillas del Río Reconquista en Puente Cascallares. Utilizando un fácil anacronismo podríamos decir que era la 4x4 de los sesenta. Venía en tres formatos, con motor IKA Continental, dos puertas y palanca al volante: a) La Estanciera propiamente dicha, con los asientos traseros rebatibles y portón trasero de dos hojas que la convertían en una camioneta como la Scenic o Duster actual. b) El Utilitario que hemos citado en el cuento “Navidad del 68.  c) Finalmente la Baqueano, que tenía caja descubierta y era muy utilizada en el transporte de vidrios. En el Barrio Envión, alrededor del año 75, había un vecino que tenía el modelo original (sin parabrisas panorámico) color verde agua con los vivos blancos. El hombre, una de esas personas de formato pequeño, con bigotitos anchoa y rostro inexpresivo, era muy pero muy afecto a las bebidas alcohólicas. Cierta tarde lluviosa, mientras estacionaba en total estado de ebriedad su Estanciera, con un fuerte golpe descomedidamente aplicado, destruyó el paragolpe trasero de nuestra Renoleta. Papá salió enfurecido (vivíamos en un monoblock de planta baja, junto a la calle) y le pidió explicaciones al curda quien apenas podía mantenerse en pie. Como nunca pudo solucionarse el daño, ya que la Estanciera no tenía seguro, Papá profirió una amenaza que con el tiempo supo cumplir: “no quiero ver nunca más esta Estanciera en mi vereda”. Al año, cuando el beodo creyó olvidada la sentencia y estacionó unos pocos minutos su vehículo justo frente a mi ventana, un adoquín hizo estallar el parabrisas del infractor.




Me une a este vehículo un sueño que haría las delicias de un psicólogo berreta. En el garaje de Don Neif guardaban un Jeep original y con capota. El hijo del Turco, que se llamaba Ruben, era muy amigo de mis primos y me dejaba subir al Jeep cuando el padre no estaba. Sentado al volante, mi sueño era que Papá tuviera uno, y que un día de lluvia atravesáramos imaginarios recorridos con Mamá, mi Tío Cacho y Tita, la mamá de crianza de estos últimos y, por ende, abuela postiza mía. ¿Dónde está la locura en este sueño? Que Papá y mi Tío Cacho se odiaban mortalmente y yo no podía concebir que seres que yo amaba tan profundamente no pudieran verse siquiera. Nunca tuvimos un Jeep IKA y jamás se reconciliaron.





Blanco con el techo celeste era el Classic “Boca de Pescado” que Tío Alberto compró en 1964 o 1965. El Tío era un hombre de ésos cuyo molde ha desaparecido. Íntegro, aferrado a los principios, permeable a las inquietudes y comprensivo con los barbilampiños como yo, vivía conforme a una coherencia que podía explicarse con la perfecta equivalencia entre lo que postulaba y lo que realizaba. Además era una persona exitosa, llena de talentos –eximio violinista y director de orquesta- con un puesto público de jerarquía, toda su vida se orientó hacia la familia, su mujer e hijos. Cuando estaba junto a ellos me trataba como a un hijo más. Sus frases (“el camino más corto es el camino recto”) las tengo grabadas como verdaderos mandamientos. Yo creo que todos tuvimos un “Tío Alberto” que sirvió de guía en la vida... pero el mío fue el mejor de todos. Volviendo al Rambler, el Tío lo compró cuando vendió una quinta que tenía de soltero en Tristán Suárez (¿Dónde estará esa quinta de la que sólo tengo un borroso recuerdo?). Como era un lugar apartado, al que sólo iba a trabajar para cortar el pasto, llenarla de tareas a la Tía Aída, etc., un día dijo basta, la vendió y se compró el Rambler para sacar a la familia a pasear por la Grl. Paz, Luján, los bosques de Ezeiza, la República de los Niños, etc.





El Bergantín era un sedán de cuatro puertas muy vistoso, un “mediano” accesible para una familia de clase media bien constituida y sin mayores problemas económicos. En el barrio, el Negro –así le decían y no recuerdo su nombre, me parece que era Ruben- tenía uno de color verde muy clarito. Vivía en Juan A. García casi llegando a Cuenca en nuestra misma vereda impar. La característica fundamental de este personaje era su condición de “solterón”, hombre de la noche tanguera, pescador (de esos que se iban un fin de semana a San Clemente o lugares así), burrero e hincha de San Lorenzo. Su sobrenombre tenía un origen incierto ya que tenía la cabeza blanca y unos bigotes que parecían un cepillo de ropa impecablemente canosos. En la cancha solía ubicarse a la derecha del Sector Lazzari de plateas, junto a “esos viejos de mierda que no quieren gritar... y se quejan, si el equipo anda mal” (esto solo lo podrán entender los futboleros). En ese Bergantín viajamos a Rosario un hermoso domingo de otoño para ver un Central-San Lorenzo en el viejo estadio de Arroyito.





La Gladiator era una camioneta poderosa, cuya licencia IKA la había obtenido de la Jeep estadounidense. Por eso, en Daktari aparecía una pintada como una cebra. Los vecinos que Papá había bautizado “Los cosos de al lado” emulando el tango de Larrosa y Canet y nosotros “Los Zapa-Atas”, porque eran de apellido Zapata y medio aborígenes (dicho esto con mucho respeto por nuestros pueblos autóctonos), tenían una que le habían entregado al Zapa-Ata mayor para hacer un reparto, la distribuidora de vinos en damajuana archiberreta “Wawancó”.



16) y 17) Citroën Argentina: Citroën 2 CV, Citroën 3 CV, Furgoneta Citroën.



Tuvimos un Citroën 2 CV allá por 1975, modelo 67 y con embrague centrífugo. Apretabas el embrague, ponías primera, soltabas el embrague ¡y el auto no se paraba! Arrancaba como un automático y luego se hacían los cambios como un auto normal. El problema que tenía era que salía muy despacio y de atrás todo el mundo te puteaba. La ventana tenía una mitad fija hacia arriba y la otra mitad de abajo se rebatía para dejar entrar el viento y quedaba fijada arriba por un perno sobresaliente que quedaba inserto en un agujero de goma. Cuando pegabas un barquinazo la ventana se zafaba y si tenías el codo afuera lo impactaba con rudeza. A ese auto era totalmente imposible que se subiera una mina. Si habremos recorrido Rivadavia hasta Liniers y vuelto por Gaona hasta Ramos y Av. de Mayo hasta San Justo, la Cristianía de Casanova, la salida de los colegios de Luzuruaga y nada. Ninguna mujer que superara los 4 puntos podía darnos bola. ¡Ese 2 CV era nuestro posgrado en berretas!





A mi vecino Heriberto Hansen, padre de Patricia y Fabiana, el laboratorio donde trabajaba “Química Argentia”, le había dado una Citroneta para su trabajo de visitador médico. Era de color azul Francia y en las puertas, muy discreto, el nombre del laboratorio. Heriberto era hincha fanático de Independiente. Tenía un Fiat 600 E y (para nosotros) mucha plata, ya que veraneaba los tres meses en Mar del Plata, aunque a veces se volvían antes porque al ñato le gustaba “la rula” y se la gastaba toda en la “Casa de Piedra”. Como dije, tenía dos hijas. Pero yo estaba enamorado de una prima de ellas, Ana María, una rubia de ojos celestes preciosa a la que una tarde le robé un beso mientras jugábamos a tomar el té, armándose un revuelo familiar que me estigmatizó para siempre. La abuela, una vieja sargentona a la que en el barrio se la llamaba "La Profesora", me paró en la calle y frente a Mamá me gritó: “Me parece muy bien que te andés haciendo el gallito por ahí... PERO CON LAS CHICAS DE LA CASA NO!!!”. Antes de ello, en el año 65, Heriberto le había organizado el cumpleaños a la hija menor Fabiana. ¡La plata que tendría el tipo que había invitado a medio barrio! Cuando apareció un payaso la nena se asustó, puso a llorar y nadie la podía consolar. Mientras esto sucedía “los grandes” estaban en la cocina con la radio palpitando la final del mundo Internazionale de Milan-Independiente. Como se había armado la bronca con el soyapa me escabullí a la cocina junto a los que estaban escuchando el partido. Heriberto casi me mata cuando –ingenuo- grité el gol del Inter. Ya desde pibe aprendí a diferenciar lo que eran los clubes y “la Argentina” y no podía borrar de mi recuerdo aquel oprobioso 9 a 1 en cancha del Rojo cuando “por decreto” el Juez Velarde lo sacó campeón a Independiente en el año 63. Este Hansen llegó a ser dueño del laboratorio.



18) y 19) Chrysler-Frevre Argentina: Valiant II, Valiant III, Valiant IV, Camioneta Dodge.





Recuerdo una película de esas tristes del cine argentino: “Esto es alegría” de 1967. Tenía tres episodios. En el último, Ubaldo Martínez, un padre viudo, trabajador y alcohólico le decía a sus hijos (uno de ellos Carlitos Balá): “Hasta mañana y que sueñes con cosas lindas”. Yo desde muy chico cuando me voy a dormir lo hago con ese deseo. En la contratapa de un Ciclón –revista semanal para los simpatizantes sanlorencistas- había salido un coche Valiant II de juguete, para subirse y manejarlo con pedales. Imagínense que ese cochecito era totalmente inalcanzable para mí. Papá, con gran sacrificio, apenas me había podido comprar una bicicleta usada... Pero nada me impedía soñar con tener mi Valiant II y conducirlo por Juan A. García, Helguera, El Peregrino y Cuenca sin bajar de la vereda. Y como los sueños, además de ser sueños pueden ser hermosos según nuestros caprichosos deseos, mi Valiant era lo suficientemente ubicuo como para permitir que en sus interminables vueltas de manzana albergara como acompañante a mi amada Ana María. ¡Eso sí que era soñar con cosas lindas!





Todo el mundo opinaba lo mismo. El Valiant II era más lindo que el III. ¿Por qué cambió tanto su diseño? De cualquier manera nadie se volvió loco por el cambio. Mis sueños continuaron con el Valiant II. Era un mundo distinto, donde la locura del consumo todavía no había causado estragos en la conducta social.



20) y 21) Ford Motors Co.: Ford Falcon, Pick Up F100.



Ha sido un auto que la historia argentina reciente ha empañado para siempre. Va una anécdota de fines de los años setenta. Papá trabajaba en un depósito de la Manufactura de Tabacos Particular en Parque Patricios. Nosotros en esa época vivíamos en La Paternal (el que no es chorro, criminal). Cuando se aprestaba a tomar el 133 de vuelta a casa pasó cerquita del cordón de la vereda un Falcon de algún grupo de tareas, salpicándolo. Ofuscado hizo señas de bronca y el auto paró abruptamente, retrocedió chirreando las gomas y se le puso a la par. Lo amenazaron fiero a Papá con una Itaka: “¿Qué te anda pasando a vos, viejo de mierda?”. Así se vivía en aquella época.





La camioneta Ford F100 era el único vehículo capaz de ser lanzado desde un avión Hércules en vuelo rasante y no destruirse. Horacio, el marido de la Chicha y vecino de la calle Remedios Escalada de San Martín de Haedo, tenía una que la usaba para su negocio de vidriería.



22) y 23) General Motors Argentina: Chevrolet 400, Chevrolet Special, Pick Up “Apache”.


El Chevrolet 400 era un auto bien bacán. El tío de Osvaldito Parrilla, que era productor de cine, tenía uno color blanco. Nosotros siempre lo imaginábamos llevándose las mejores minas a Villa Cariño. Esas de la tele. Como Zaima Beleño, Nélida Roca o Mariquita Gallegos, bien trolas.



Yo amaba esta camioneta. Unos Reyes, a principios de la década del 60 me habían traído una Chevrolet Apache, pero Duravit. Me acompañó durante años, apenas separados por un piolín de dos metros, en interminables recorridos por el Parque Rivadavia, las Barrancas de Belgrano, etc.


24) a 27) Fiat Concord Argentina: Fiat 600, Fiat 600 E, Fiat 600 Familiar, Fiat 1100, Fiat 1100 Familiar, Fiat 1500, Fiat 1500 Familiar, Fiat 1500 Coupé, Fiat 800, Fiat 800 Spider, Camioneta Fiat 1500.



¿Quién no tuvo un Fiat 600? El mío me llegó en los ochenta. El abuelo de Patricia, mi vecinita, tenía uno de color colorado tirando a bordó. ¿Lo recuerdan? En realidad no era el abuelo sino el marido de la abuela. Esta, “La Profesora” lo llamaba por su apellido: Valelli. ¡Pobre viejo! Un día me llevó con las chicas al Ital Park y pagó todo… ¡Y yo me porté mal con él! En una guerra de carnavales, intentando embocarle una bombita de agua a Patricia se la puse de lleno en la cara al viejo. Recién pude volver a mi casa a la hora de la cena, cuando supuestamente todo se había aplacado.





¡Autazo el Milqui! Con muchos detalles de lujo. Sólido, versátil, para correr. Tuve uno cuando ya era berreta andar en él. Una tarde, en la Panamericana vieja, entrando desde Grl. Paz y hacia el norte perdí una rueda delantera que luego de impactar un par de autos quedó haciendo “espejito” en el guardrail.





Después del “rodrigazo” y sus secuelas que se agravaron para los trabajadores como Papá en 1976, tuvimos que vender el Citroën 2 CV. Pasaron varios meses para que volviéramos a tener un auto. Y fue de un modo premonitorio para mi persona, futuro abogado laboralista. Papá me había conseguido un trabajo ni bien salí del secundario. Era la fábrica de abrasivos Norton. A los pocos meses, deciden prescindir de mis servicios. No sabían que yo ya era un avezado experto en Derecho laboral (me gustaba de alma aunque recién estaba en segundo año de la carrera), y me quisieron llevar al correo para renunciar. Cuando les dije que debían reconocerme el tope mínimo del art. 245, el preaviso, la integración, vacaciones y aguinaldo pagos se quisieron matar. Pero como no querían tener problemas me pagaron hasta el último centavo. Con esa plata me compré un 1100 todo destartalado que fui arreglando y que certificó por las calles del Oeste mi probada condición de berreta.





El Fiat 850 Spider, descapotable era un verdadero sueño para cualquier mortal. Rojo o blanco, daba lo mismo. Cuando una tarde, en Paso del Rey aprendí a cantar de punta a punta “Muchacha ojos de papel” de Almendra, automáticamente me imaginé conduciendo uno, junto a una morocha como la Señora Peel a mi lado, distrayéndome con su melena batida por el viento.



28) Siam Argentina: Siam Di Tella 1500, Morris, Magnette, Camioneta Argenta.



Touza, el jefe de personal de Norton me dijo cuando salíamos de un banco con toda la plata de los sueldos de la empresa: “Vení, vamos a tomarnos una heladera”. Así se lo llamaba al Siam Di Tella 1500. El 99% de los taxis de Buenos Aires eran “heladeras”. Cuando aparecía uno en venta en el Clarín, era imprescindible aclarar que nunca había sido taxímetro. De allí viene el dicho popular “Joya, nunca taxi”.



29) y 30) Peugeot Argentina: Peugeot 403, Peugeot 404, Camioneta Peugeot 403.


Vicente Coscia, un auténtico berreta pero con plata y marido de una prima de Papá, andaba en un Peugeot 403 color azul Francia como el de la foto. Era un auto elegante, indigno de semejante personaje. Tenía un tablero apaisado marca Jagger, palanca al volante, guanteras y radio con botonera. El asiento trasero poseía un apoyabrazos central que emergía del tapizado. La característica diferencial de este modelo era su techo corredizo. Por eso recuerdo a Vicente, un tipo muy parecido a Pepe Morsa, el de los dibujos de Walter Lantz, emerger de ese techo rompiendo la armonía de tan bellas líneas europeas.




El cuatro-cuatro (porque así se lo llamaba) de Tío Agui, color gris acerado y con llantas cromadas era el auto perfecto, ya que conjugaba el estilo distinguido de la marca con fantásticas prestaciones deportivas. Eso fue hasta que llegó el Torino, pero esa es otra historia.